Elecciones Europeas: ¿por qué el populismo? Resposta

Cesáreo Rodríguez-Aguilera de Prat
Catedrático de Ciencia Política
Universitat de Barcelona

Unos de los resultados más llamativos de las elecciones europeas de mayo de 2014 ha sido el auge de la derecha radical populista, no por esperada, menos inquietante. Aunque no hay una relación directa, de causa-efecto, la triple crisis que afecta a la Unión Europea ha incidido en buena medida en este fenómeno. Más en particular, los problemas socioeconómicos, políticos y cultural-identitarios planean como telón de fondo y contribuyen a explicar en parte el fenómeno.

Crisis económica originada en 2008 y no superada por el mantenimiento a ultranza de las recetas de austeridad ortodoxa impuestas por la “troika” (FMI, BCE y Comisión) y por la pésima gestión de la eurozona: 26 millones de parados, grave fractura entre el norte y el sur de Europa, desequilibrio abismal entre Alemania y casi todo el resto del área euro y aumento de la deuda pública del 75% al 88% del PIB de la UE.

Crisis política por el acusado déficit democrático que padece la UE, carente de un mínimo sistema de división de poderes y con una confusa distribución de competencias.

La UE funciona de modo bastante opaco y cada vez más intergubernamental, reflejo del repliegue nacionalista de élites y opiniones públicas. A todo ello cabe añadir la ausencia de un verdadero liderazgo político europeísta de Alemania que le correspondería por su fuerza económica, algo debido a su adaptación a los intereses de las grandes corporaciones financieras.

Crisis cultural por la ausencia de un verdadero “Pueblo Europeo” y por la tan baja participación en las elecciones al PE. Por tanto, de un lado, los ciudadanos están fragmentados en los 28 Estados, y de otro, no se hace el menor esfuerzo por fomentar una mínima identidad compartida, a la par que retrocede la solidaridad recíproca.


Las campañas de los populistas

En estas circunstancias, ha cobrado una gran fuerza el ascenso de los diversos populismos: la gran mayoría de la derecha radical –tanto la vieja de origen neofascista como la nueva que carece de esa connotación–, con alguna presencia de difícil clasificación como el M5S italiano. El panorama de las derechas radicales populistas es muy heterogéneo y sus proyecciones durante la campaña le auguraban muy buenos resultados (entre 150 y 200 eurodiputados) al saber explotar la desesperación de muchos perdedores, haber captado diversos malestares, señalar enemigos fáciles (Bruselas, los inmigrantes, la partitocracia) y ofrecer recetas simples.

Los objetivos de este espectro podían incluir: 1) el abandono o el desmantelamiento de la UE, 2) su reducción, en todo caso, a un mero mercado común respetuoso de las soberanías nacionales, 3) la supresión del euro, 4) un férreo y severo control de la inmigración y 5) la expulsión de la “clase política” del establishment. Por lo demás, la derecha radical populista está consiguiendo marcar la agenda política en diversos países ya que parte de la derecha moderada (e incluso pequeños  sectores del centro-izquierda) han asumido parte de su discurso y sus recetas.

Con todo, uno de los principales problemas de este espectro es el de sus diferencias internas ya que, al ser ultranacionalistas (en general, con concepciones etnicistas) los diferentes intereses nacionales dificultan objetivamente su coordinación. Y ello al margen de tradiciones históricas y de personalismos que hacen difíciles las compatibilidades (FN versus UKIP), a pesar de sus coincidencias en su rechazo de Bruselas.


La campaña en algunos países

En Francia, el FN (Le Pen) centró su campaña en la exaltación nacional frente a la UE (“vota patriota”), acusada de todos los males posibles: paro, decrecimiento, reducción de los servicios sociales, competencia desleal, precariedad laboral, deslocalizaciones, inmigración masiva, delincuencia, corrupción y elitismo antidemocrático. Por tanto, el FNdefendió un proyecto de claro regreso a la soberanía nacional, de proteccionismo y de xenofobia y represión punitiva.

En el Reino Unido, UKIP (Farage), un partido monotemático (sacar al país de la UE), intensificó su xenofobia al acusar a la inmigración de deteriorar el nivel de vida británico, alterar sus costumbres y provocar la inseguridad.

En Italia, el M5S (Grillo) prosiguió con su campaña contra la “casta política” aspirando a ser el primer partido del país y la LN (Salvini) –archivando su fantasía sobre la inexistente “Padania”– buscó su consolidación radicalizando su discurso antiinmigrantes.

En Holanda, el PVV de Wilders (situado en primer lugar en las encuestas) no sólo defendió la salida del euro, sino –por primera vez– el abandono de la UE, a la vez que se vinculó a Marine Le Pen.

En Grecia o España el descontento sería capitalizado bien por la izquierda radical en el primer caso (Syriza, una formación política que no debe ser definida como “euroescéptica”– como habitualmente se hace– ya que su propuesta es ir hacia “más” no menos Europa, aunque evidentemente se trata de “otra” Europa, no neoliberal y más democrática) y, en menor medida, por diversas izquierdas estatales y territoriales en el segundo, asimismo con posiciones críticas, pero no anti-UE salvo muy raras excepciones.


Los resultados

Efectivamente, el conjunto de las formaciones populistas europeas prácticamente ha doblado su porcentaje de apoyo popular en comparación con 2009 (alcanzando cerca del 20% de los votos, aunque con menos eurodiputados de los previstos; con todo, un no menor contingente de unos 120). Por supuesto, el voto de protesta de la derecha radical ha sido espectacular en Francia, el Reino Unido y Dinamarca al alcanzar el primer puesto formaciones de este espectro en sus respectivos países.

En la anterior legislatura, los populistas fueron los europarlamentarios más absentistas: apenas elaboraron informes, prácticamente no presentaron enmiendas a ningún proyecto e incluso votaron menos que la media. Por tanto, unos grupos claramente hostiles a la UE y que rechazan el PE –del que sin embargo se benefician económicamente– se ven recompensados por su política meramente tribunicia de denuncia.Ahora, con una presencia mucho mayor, torpedearán y frenarán todo lo que puedan cualquier nuevo proyecto comunitario de integración y armonización.

El populismo ha tenido éxito porque hace un diagnóstico muy simplista y esquemático al señalar objetivos fáciles como culpables y propone terapias expeditivas, dos factores que encuentran audiencia predispuesta a tales mensajes. Es decir, su éxito es –en parte– un síntoma de los errores de la “troika” y de gobiernos insensibles a las crecientes desigualdades sociales, de ahí que sin un profundo viraje el fenómeno pueda seguir creciendo hasta hacerse difícilmente controlable.

En efecto, diversos partidos de la derecha radical populista han conseguido alzarse con el primer puesto en sus respectivos países, lo que ha supuesto el máximo castigo para el establishment y la mayor capacidad de capitalización del descontento y la protesta (así ha ocurrido en Francia, Reino Unido, Dinamarca y Chequia). Otros han alcanzado segundas y terceras posiciones (Hungría, Holanda, Italia, Austria, Finlandia y Grecia) y unos más han quedado más rezagados, pero con buenas perspectivas de futuro.

En suma, cuantitativamente son muchos los partidos populistas que han conseguido representación y, por tanto, en teoría no les debería resultar difícil formar grupo parlamentario, algo que ofrece muchas ventajas en todos los sentidos (hay que conseguir al menos 25 eurodiputados en siete países diferentes). Sin embargo, sus diferencias internas hacen casi imposible la formación de un único grupo: de hecho, los dos principales partidos, el FN y UKIP –cuyas relaciones no son precisamente fluidas– están liderando operaciones diferentes al respecto. En efecto, el principal problema de estas formaciones es el de su falta de cohesión: pueden ponerse de acuerdo en algunos rechazos, pero es mucho más complicado que se unan a la hora de elaborar propuestas conjuntas dados los diferentes intereses nacionales de unas y otras. Aunque la línea divisoria tradicional se ha atenuado (neofascistas/ nueva derecha populista), persisten diferencias insalvables entre muchos de ellos.

Tabla elaborada por el autor

Tabla elaborada por Cesáreo Rodríguez-Aguilera


Casos específicos

Es sin duda asombroso que el FN se haya convertido en el primer partido de Francia (26%), por encima de los dos grandes. No obstante, hay dos factores de relativización: 1) en comparación con las elecciones presidenciales de 2012 el FN ha perdido 1.7 millones de votos y 2) dada la gran abstención (superior al 50%), con una participación masiva sus resultados se ajustarían a su habitual 15%. Lo que ha beneficiado al FN ha sido la desmovilización de los partidos tradicionales (el tremendo desgaste de Hollande, el desprestigio de los conservadores por diversos escándalos de corrupción) y, por el contrario, la movilización de los “suyos”. En suma, el FN ha conectado con gente harta de austeridad, recortes e imposiciones externas y ha sido capaz de extender su mensaje por todo el país, más allá de sus bastiones habituales.

Es la primera vez que el partido líder de la oposición británica (en este caso, el laborista) no haya ganado unas elecciones europeas. La victoria de UKIP –y sus buenos resultados en las paralelas elecciones locales parciales donde fue el tercer partido– le permiten pensar incluso en la posibilidad de alcanzar representación en unas elecciones generales en el Reino Unido. Su campaña que equiparó la UE a inmigración incontrolada, sueldos más bajos, abusos masivos del Welfare State británico e imposiciones “absurdas” de Bruselas ha funcionado.

Italia ha resultado ser una excepción, tanto porque ha ganado con creces el partido del gobierno (el PD de Renzi) como porque es el único relevante vinculado a la socialdemocracia europea que ha triunfado. La gran habilidad de Renzi ha sido recortar la incidencia de Grillo y arrinconar a Berlusconi. Este éxito se ha debido, por tanto, al importante retroceso de FI y al hecho de que muchos italianos han querido frenar a un movimiento populista tan confuso y personalista como el M5S.

En suma, un balance preocupante que debería inducir a las autoridades comunitarias y a los partidos del “bloque central” (Populares, Socialistas y Liberales), junto con Verdes y la parte renovada de la Izquierda, no sólo a formar un “cordón sanitario” frente a las derechas radicales populistas (esto, por sí sólo, no funcionará), sino a invertir el rumbo de las actuales políticas. Grandes coaliciones, consensos continuistas a ultranza, opacidad negociadora, elitismo decisional y recetas ensayadas hasta el presente no harán más que agravar el fenómeno en los inciertos tiempos venideros.

Artículo publicado originalmente en la Revista de la ANUE (Asociación de las Naciones Unidas en España).

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